jueves, 15 de noviembre de 2012

Soledad que te pegas a mi alma en la dulce soledad de este campo de otoño.

La soledad arde hasta llegar al fondo del pecho, justo en el alma, un incendio que colisiona con lo poco que queda ya de mi. Recubre mis costillas de plomo, y mis huesos, fragmentos de memorias que a duras penas consiguen aguantar el peso de mi ser. Hundido el castillo de arena y derruido el castillo en el cielo, ya solo queda esperar.

La soledad, ya se sabe, es muy amarga. Ella está en todas partes, entre miles y millones de personas la soledad construye su imperio de hojalata, un frío refugio para almas vagabundas, eco de tantos llantos. Y la vida, agridulce, ruda, árida. Esclava dentro de esta sociedad, hija de una larga historia y un tiempo insondable. Son toneladas imposibles de llevar.

A veces me pregunto cómo puedes sentirte diferente entre los que ya son diferentes, qué extraña fatalidad me lleva a aislarme del ser humano, a odiarlo, a desear el caos para que reine y se deshaga de todo mi dolor. Me pregunto, también, qué sentido tiene una existencia esclava, ciega y sorda. Necesito sentir que no soy tan diferente ni a mi vecino, ni a ese pájaro, ni a esa nube, ni a ese átomo de oxígeno que reposa en tus pulmones... Necesito respirar, necesito ser libre de este infierno.