miércoles, 5 de junio de 2013

Disenchanted

Tengo la sensación de que todo se desvanecerá cuando intente volver, que todo se desmoronará cuando llegue y que ni mis lágrimas serán suficientes para ahogar todo el dolor. Los recuerdos llegan siempre chocando unos contra otros, llegan en manada para cazar... están muertos de hambre, pero para cuando te das cuenta ya los has alimentado lo suficiente como para que resten satisfechos en tu corazón, pesados hasta el punto en que les falta el aliento. Cuando saben que ya han vuelto a abrir la herida entonces huyen, asustados por la inminente explosión de sentimientos que vuelven a hacer lo mismo, que vuelven para dejarte con un agridulce gusto a pasado.

Ya sea el destino o la casualidad, decides hacer un nudo en todos aquellos cabos sueltos que jamás deberían haber quedado así... abandonados. Lo hicieras por resentimiento o por miedo, ahora ya nada importa, lo único que puedes hacer es intentar enmendar tu error y hacerlo lo mejor posible. El tiempo no cura si no has aprendido nada del dolor, las heridas permanecen abiertas mientras tu, en lo más hondo de tu alma, sepas que puedes calmarlas antes de que cicatricen con toda la amargura dentro.

Los fantasmas del pasado no son más que piedras del camino que evitamos en vez de superar en aquel momento y que, tarde o temprano, vuelven para cumplir su cometido. La felicidad verdadera no existe si no viene derivada del propio sufrimiento, siempre he creído que necesitamos un poco de oscuridad para que la luz brille con una sincera sonrisa. Quizás ando equivocada, pero es lo que yo he aprendido del dolor. Puedo asegurar que he sufrido lo suficiente para madurar en muchos aspectos, y en tan solo diecinueve años, más de lo que el setenta por ciento de la población lo hará en cincuenta años de vida.

De todos modos me queda aún más por aprender de lo que he aprendido... por eso intento hacer las cosas bien, por eso intento mejorar y superarme cada día un poquito más. La vida es de los valientes, de los que arden, de los que sueñan, de los que aman y no se rinden. Perder la batalla no significa perder la guerra y la mayor victoria no es otra que la que se obtiene cuando tu te ganas a ti mismo, día a día, por ínfima que sea la conquista... porque solo el amor que somos capaces de darnos a nosotros mismos es el que daremos y, por puro reflejo, recibiremos de las personas a las que amamos.