La verdad duele, a veces tanto que la única manera de evitarla es salir corriendo para no escucharla. Huyes y vuelves a tu puto mundo irreal, lejos de todo. Huyes para emborracharte de dolor. Porque cuando el noventa y cinco por ciento de tu vida ha consistido en eso no sabes refugiarte en otra cosa, no conoces otro hogar, no hay nada más cálido que el dolor recalentado una y otra vez en tu burbuja invisible. Eres un alcohólico, ebrio de soledad y lagrimas, de pensamientos fatuos que se pierden en el infinito del cielo de tu cueva.
Puedes convertirlo todo en caras tristes y misericordia, tienes la suprema capacidad de transformarte en un espíritu roto e inmutable que no deja nada a su paso. Porque con el miedo el mundo se vuelve gris, y no hay nada más triste ni más cómodo que cerrar los ojos y abrazarte las piernas para hundirte aún más en la miseria. Eso es, miedo a la vida, a no ser suficiente, a arriesgarte demasiado o demasiado poco, a cagarla constantemente, miedo a todo, miedo sin más. Depresión, inseguridad, recuerdos. Una vida llena de mierda.
Y cómo no, todo tiene su final. En la vida no existen bucles ni los círculos viciosos que duren eternamente, no hay vacíos que de la nada vomiten electricidad. El contenido y el continente, como el ying y el yang, cuando el vaso se colma de realidades la verdad explota. No es hasta ese preciso instante, cuando el líquido espeso del miedo llega a inundar no solo tu alma sino la de los que te rodean también, cuando todo se llena de proa a popa de miedo y desesperación... no es hasta entonces que despiertas del sueño eterno.
A veces el único remedio para la enfermedad es la rendición sin redenciones. Rendirme, con todo lo que eso conlleva, y volver a empezar. Olvidarme de esperar cuando ya estoy esperando, olvidarme de intentar abarcar todo el mundo con la mirada, olvidarme del miedo. Ahora ya no me queda nada, no tengo más remedio... así que ven aquí bastardo, mundo bastardo, ven porque voy a seguir derrotándote cada día hasta el último de mi vida.

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