Una brisa suave acaricia mis memorias en una habitación sin ventanas, recuerdos que dejo flotando en el cielo encapotado de mi cueva, para que lluevan sobre mi cuando tu presencia invisible consiga romper cada pequeña nube de sentimiento. Pensar que no quiero nada más, que podría estar una eternidad desnuda en la cama abrazada a tu piel.
Sentir al acariciarte que mis dedos no necesitan saber ningún lenguaje más, que al mirarme la palma de las manos pueda leer cada una de las coordenadas de tu cuerpo. Y endulzo tu ausencia intentando coser una sábana con mis sentimientos, para mi corazón... mi corazón.
A cada paso recordarte; parar en medio de la calle y respirar hondo, dejar que el tiempo de la gente y su extraña prisa me dejen atrás. Cierro los ojos y trato de mantenerte dentro de mí, que no te vayas volando, que no me dejes sola con el recuerdo vacío. Quédate aquí conmigo, en mi pecho.
No trates jamás de entender la pena de esta extraña soñadora, coleccionista de mapas y sonrisas que llevan al alma de la gente. No intentes jamás comprender mis palabras, son tan volátiles y divagantes como esos ojos tuyos marrones, ilusionistas escondidos que guardan todo un mundo gigante. Universos eternos atesoras en tus pupilas, los agarras con recelo en un mar de olas tan altas como torres... y me pregunto, ilusa, si podría entrar a tu reino desnuda, para sentir mejor, me excusaría.
Me disculparé, por primera y última vez, por sentirme eterna en tus brazos, por revolverme en sábanas impregnadas con tu olor. Me disculparé, por amarte para siempre.

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