Podría definir y ejemplificar la miseria, la desesperación, la ira, la tristeza, el vacío, la soledad y el dolor más puro con miles de fragmentos de mi vida. Podría hacerlo pero, al final, no sirven de nada las palabras. Todo eso no es más que humo negro y espeso que intoxica cada una de las células de tu ser, poco a poco, con una determinación y exactitud dignas de un Dios, sea lo que sea eso.
Podría intentar explicar cómo me siento, podría vomitar aquí todos y cada uno de mis pensamientos, podría escribir páginas y páginas llenas de recuerdos amargos. Sin embargo, no tendría ningún sentido hacer tal cosa. A nadie le interesa, tal vez ni a mí misma me importe. Al fin y al cabo, qué más da, al diablo con todo.
Los días pasan uno detrás de otro, cómo un escuadrón de soldados marchando hacia la guerra, siendo perfectamente conscientes de que sus pasos les dirigirán hacia el final. El reloj asume su eterno recorrido, nos da a cada uno de nosotros un momento para inhalar y un último para exhalar... lo que ocurre mientras intentas no soltar el aire, eso es la vida.
Estar estancada, estar literalmente tan petrificada que no sientes ni tan solo cómo el oxigeno se consume. Darte cuenta de que todo lo que te mantiene con los pulmones abiertos y la boca cerrada no es más que un montón de mierda sin ningún sentido, eso es lo peor que puede pasarte cuando lo único que deseas es luchar, y al final luchar es la única opción.
Yo no he escogido rendirme, jamás he dicho nunca jamás, pero tampoco hay cabida, hoy por hoy, para mis sueños. Así que, después de huir durante tanto tiempo, no queda ahora más salida que cerrar los ojos, asumir la realidad y dirigir mis pasos hacia el final. Espero, de todos modos, poder abrirlos un día, y descubrir que todo esto no ha sido nada más que un pequeño sacrificio, una mera bifurcación, para llegar a mi final.

No hay comentarios:
Publicar un comentario