Los días se mueren con pasmosa facilidad, las calles empiezan a teñirse de un gris recuerdo, ese tipo de gris opaco aún algo cálido que te inunda de vez en cuando, comúnmente llamado melancolía, nostalgia a veces.
Y con los días los trenes que pasan rápido llevándose las hojas de los árboles con un silencioso revuelo de sentimientos. Sentimientos de días a solas, de días en la cama, de días sin nada y días con todo. Justo en el centro del pecho vuelan, vuelan y caen, traspasando los ojos y llevándolos hacia un mar de quién sabe qué tristezas.
Sin embargo pronto llegarán los largos días de invierno, que dejarán atrás el gris recuerdo, que dejarán atrás las melancolías y las nostalgias, que lo dejarán todo para convertirse en penas, a duras penas soportables. Con todas ellas el frío, la miel que huye de los labios y sus comisuras, las lentas horas de palabras y hojas en blanco, las horribles horas de soledad. Y lo único que queda, lo único reconfortante que también traen los inviernos, la calidez de un abrazo que sigue ahí todos los días del año para verte renacer.
Y qué extraño... tanta palabra, que yo solo venía a decir que hay días en casi otoño que parecen de esos de pleno invierno, esos en los que te encuentras más sola que la una lo estés o no. Y que cómo desearía ser mar para reventarme entre mis olas y huir de todo odio y todo mal, que mi camino fuese el cielo y... ¿mi límite? mi límite Plutón. O quizás podría ser tormenta, ensordecería el universo entero con mis truenos, rompería mi rabia en mil relámpagos esparcida. Vaya mierda, ojalá pudiese desvanecerme.
Y con los días los trenes que pasan rápido llevándose las hojas de los árboles con un silencioso revuelo de sentimientos. Sentimientos de días a solas, de días en la cama, de días sin nada y días con todo. Justo en el centro del pecho vuelan, vuelan y caen, traspasando los ojos y llevándolos hacia un mar de quién sabe qué tristezas.
Sin embargo pronto llegarán los largos días de invierno, que dejarán atrás el gris recuerdo, que dejarán atrás las melancolías y las nostalgias, que lo dejarán todo para convertirse en penas, a duras penas soportables. Con todas ellas el frío, la miel que huye de los labios y sus comisuras, las lentas horas de palabras y hojas en blanco, las horribles horas de soledad. Y lo único que queda, lo único reconfortante que también traen los inviernos, la calidez de un abrazo que sigue ahí todos los días del año para verte renacer.
Y qué extraño... tanta palabra, que yo solo venía a decir que hay días en casi otoño que parecen de esos de pleno invierno, esos en los que te encuentras más sola que la una lo estés o no. Y que cómo desearía ser mar para reventarme entre mis olas y huir de todo odio y todo mal, que mi camino fuese el cielo y... ¿mi límite? mi límite Plutón. O quizás podría ser tormenta, ensordecería el universo entero con mis truenos, rompería mi rabia en mil relámpagos esparcida. Vaya mierda, ojalá pudiese desvanecerme.

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